Desde el evangelio de hoy (Jn 2,13-25) pueden surgir muchas preguntas e inquietudes.
El templo como presencia de Dios, que santifica, acompaña y fortalece merecía un mejor cuidado y decoro. Más sin embargo, parece que lo que vio Jesús se alejaba de todo eso. Parece que la finalidad del templo había sido desviada o por lo menos empañada. La realidad experimentada por Jesús frente al templo chocó con la concepción que tenía de ese lugar espiritual especial con la realidad de compra y venta entorno a lo sagrado del templo. El choque de la finalidad primera del templo como casa del padre con la realidad del ambiente mercantilista en el templo no parece agradarle nada a Jesús! De allí su reacción de desagrado y de reclamo por haber permitido el cambio de finalidad de la existencia del templo en el pueblo.
Primero, ¿Cómo tenemos nuestros templo? ¿estamos cuidando nuestros templos como un lugar de oración y meditación? ¿Nuestros templo nos ayudan a entrar en esa dinámica de casa del Padre, de encuentros con nuestros hermanos, en definitiva de fraternidad?
Segundo, nuestro cuerpo como templo del Espíritu de Dios. ¿Cómo estamos cuidado de nuestro propio cuerpo? Vale la pena aquí remitirnos a la teología del cuerpo del Papa San Juan Pablo II. En nuestra sociedad ¿ tenemos herramientas que nos ayudan a valorizar nuestros cuerpo, a redescubrir su dignidad? ¿Son nuestro cuerpo expresión del amor de Dios?
Tercero, la vida del prójimo también representa un templo de respeto, amor e igualdad, por lo cual también tenemos que hacernos preguntas de ¿cómo estamos tratando a nuestros hermanos? Les tratamos con respeto y dignidad?
Podemos colocar un sin finde preguntas que nos ayuden a reflexionar sobre la finalidad nuestros templos religiosos actuales y sobre la dignidad de nuestros cuerpos como templos de Dios. También sobre nuestra casa común y la responsabilidad que se nos ha dado en cuidarla.
Pidamos a nuestro Padre Dios que nos ayude a ser responsablemente amorosos con lo que nos ha regalado, a saber; la casa común, la vida y los hermanos! Amén
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